Aprender a mirar

Hoy deseo más que nunca, acudir a la casa de las palabras, allá donde los poetas se refugian, se sumergen, y establecen una relación entre aquello que sueñan, y lo que expresan. En este binomio me encuentro hoy para hablar de ti Charli, y recorro los viejos y gastados frascos de cristal para encontrar, a pesar de mí, tropezando con la duda, esa serena palabra que me permita escucharte. Porque a pesar de tu quietud, tienes tu corazón y tu mente intactas, y posees además dentro de ti, toda una orquesta, cuyo director eres tú mismo, que suena a gloria celestial.

Dicen de ti, que padeces el síndrome del cautiverio, también están cautivos los que van a nacer, y sin embargo, no sufren ni están prisioneros en la cárcel de su vida.

No tengas miedo Charli, extiende tu mano y acoge el agua llena de luz, de este atardecer que te enciende tus pupilas retadoras. Todo es incierto, y a la vez maravilloso, a veces intentamos bordear los obstáculos que van apareciendo, o intentamos protegernos con corazas, certezas o rutinas, pero de nada nos salva esa estrategia. La vida te ha llevado por caminos inesperados, que son un reto para ti. Vivir requiere el coraje de la incertidumbre, pero tú Charli has aprendido a mirar, como quien se sumerge en la densa profundidad de la quietud que ilumina tus secretos y borra tus angustias.

Recuerda siempre Charli que no estás solo, entorno a ti esta Puri, que es tu alma de mujer enamorada, llena de ternura, que encuentra satisfacción en ti, y que camina por la vida como si nada hubiese pasado, que comparte tu sendero con la calidez de saber que tú discurres pausadamente por él.

Los límites no existen, son cosas de la mente que el alma como tiene alas, vuela y deja tras de sí, esa música que suena en tu interior y que mece a su paso a las buenas gentes que le escuchan.

El optimismo que nos cura

La educación es una tarea intrínsecamente optimista, porque parte de un presupuesto esencial “el ser humano puede aprender, puede mejorar”. Quien niegue esta premisa, debería cambiar de profesión porque destruye la entraña misma de la educación.

Fernando Savater, dice que sin optimismo podemos ser domadores, pero no buenos educadores. Y explica que el optimismo es tan necesario en educación, como el agua para los nadadores.

La educación pierde su efecto, cuando el educador cree que ya no puede más. Y un buen educador puede más, y siempre espera que llegue el momento milagroso del cambio de perspectiva.

Ya sé que es difícil la tarea, ya sé que nadie aprende si no quiere; porque el verbo aprender, igual que el verbo amar, no se puede conjugar en imperativo; ya sé que hay problemas, ya sé que cada día se presentan nuevas dificultades, cada vez hay más demandas sobre la escuela, nos invade la filosofía de la cultura neoliberal; hay alumnos cuasi objetores, padres cuasi inspectores, chicas/os cuasi seductores, legislaciones cuasi en vigor. No es de extrañar que algunos de mis colegas, acudan cada mañana al trabajo, flagelándose de mil modos y maldiciendo su suerte y la tarea cotidiana que realizan. Pensando que los alumnos de hoy, no quieren aprender, los políticos no saben gobernar, los colegas, no quieren esforzarse, las familias no desean participar.

Estimadísimo enseñante:

No es razonable ver sólo los agujeros del queso. Admiro profundamente a las personas, a quienes la experiencia les ha hecho más sensibles, entusiastas y comprometidos. En el mundo de la educación, es necesario ser optimistas, por pura lógica, porque cualquier alumno, en cualquier momento se te entrega tan generosamente, que compensan de los esfuerzos acaecidos hasta entonces. Y ¿Por qué madre que me escuchas cada martes no vas a ser tú la agraciada? Esto no sólo es posible, sino también muy probable.

Sólo te lo tienes que creer tú, hacer que tu hijo también se lo crea, dejando al profesor con su trabajo. Este es el principio optimista que cura y sana las actitudes de los hijos que hasta ahora, no lo tenían demasiado claro.